Política

Estados Unidos: los ricos se descarrilan a la izquierda

Sí, como lo leyó: los ricos se descarrilan a la izquierda. La semana pasada, Forbes publicó que durante las dos primeras semanas de octubre, las donaciones de los billonarios a favor de Joe Biden superaron en más del doble a las que emitieron en favor de Donald Trump

No sólo eso. El artículo menciona también el caso de un super-PAC financiado por multimillonarios que acumula 74 millones de dólares en financiamiento para la campaña del mismo candidato demócrata, cuya plataforma incluye una serie de aumentos de impuestos y regulaciones que, a primera vista, parecieran ponerlo en contraposición de “los ricos.”

Sin embargo, esos ricos están financiando la izquierda con una fuerza nunca antes vista. OpenSecrets.org señala que durante el ciclo electoral de este año los SuperPACs liberales han gastado una cifra récord de $651 millones de dólares, superando ampliamente los $556 millones destinados por los grupos conservadores.

Lo más curioso del caso es que no se trata de una novedad. Los ricos están descarrilándose a la izquierda al menos desde hace un par de décadas: También de acuerdo con OpenSecrets.org, durante 3 de las últimas 4 campañas presidenciales, los sectores financieros, de la industria aseguradora y de los bienes raíces (o sea, los “de Wall Street”) han donado mucho más dinero al candidato del Partido Demócrata que al del Partido Republicano, revirtiendo el tradicional dominio del GOP en este ámbito.

El “partido de los ricos”

El giro resulta extraño, en especial ya que uno de los principales puntos de la narrativa liberal en los medios de comunicación es el de identificar al Partido Republicano como el de los ricos, que disfrutan sus exenciones de impuestos, mientras saborean su copa de vino tinto en un country club y miran de reojo a los meseros y jardineros que respaldan al Partido Demócrata ¿Realmente es así?

Durante muchos años quizá ese prejuicio tuvo algo de cierto. Las encuestas de salida demuestran que hace algunas décadas los candidatos republicanos recibían el apoyo mayoritario del bloque más próspero de la población. En 1976 el 62% de las personas con ingresos superiores a los 20,000 dólares anuales (que por entonces era el benchmark de los “ricos”) votaron por los republicanos, contra un 38% que lo hicieron por los demócratas.

Esa ventaja de casi 2 a 1 se mantuvo a través de los años ’80, pero fue matizándose en la era Clinton. En el 2000, Al Gore se convirtió en el primer demócrata en sumar más del 40% del voto de los “ricos”, y para el 2008, Barack Obama empató con McCain (49%) en el segmento de quienes ganaban más de 100 mil dólares al año, un logro que repitió Hillary Clinton en 2016, igualando con Trump en este segmento (47%). Los datos pintan una tendencia muy clara: los demócratas capturan cada vez un mayor apoyo entre los acaudalados, lo que nos lleva a la pregunta clave:

¿Por qué “los ricos” se están descarrilando hacia el Partido Demócrata?

Quizá una tercera parte de la respuesta esté en el hecho de que los candidatos demócratas normalmente proponen mayores regulaciones; ya sea con el pretexto del clima, de la desigualdad o de lo que se les ocurra este fin de semana.

Aunque estas regulaciones implican costos para toda la iniciativa privada, dicha carga resulta mucho más manejable para las grandes corporaciones y capitales, que para los nuevos emprendedores. En consecuencia, cada regulación se convierte en una nueva barrera de entrada a los mercados ya existentes, disminuyendo las posibilidades de que las grandes empresas enfrenten competencia que genere disrupción en sus mercados.

Para decirlo en cristiano: es más fácil cumplir con 100 regulaciones idiotas cuando tienes un equipo de abogados que trabajan a tiempo completo, que cuando eres un emprendedor que apenas inicia. Y como gran empresario, el costo de esas regulaciones es mucho menor al de enfrentar potenciales competidores. Para decirlo en dinero: casi siempre, las regulaciones no afectan a los súper ricos. Los benefician, y ellos lo agradecen.

Pero no solo importa la billetera

La otra parte del fenómeno es cultural. Bryan Caplan hace eco del hallazgo de Geoffrey Brennan y Loren Lomasky en el sentido de que el voto y la simpatía política no solo cumplen una función instrumental, sino también expresiva. No solo votamos para beneficiarnos económicamente, sino también para sentirnos parte de un equipo, alimentar nuestra identidad y sentirnos bien con nosotros mismos.

Ahora, en el caso de los ricos, particularmente aquellos que viven en las grandes ciudades o forman parte de las comunidades académicas, esa lealtad y esos valores asumen cada vez más un rostro de izquierdas. Dentro de ese círculo social, lo que Tom Woods llama “el tarjetero de la opinión aceptable” incluye el globalismo, la ideología de género, la critical race theory, el aborto, el multiculturalismo y el rechazo a los “provincianos” valores norteamericanos, a cambio de los “sofisticados y cosmopolitas” valores de Europa occidental y del izquierdismo universitario.

Hagamos un acercamiento:

Aunque las universidades han mostrado un sesgo hacia la izquierda desde hace muchas décadas, este solía no ser determinante; siempre existió el maestro hippie, pero llamaba la atención justamente por ser diferente. Todavía hace unos años (basándose en datos de 1989 y 1997) Zipp y Fenwick hablaban de un una tendencia hacia facultades más moderadas ideológicamente. No fue así.

Greg Lukianoff y Jonathan Haidt demuestran que, desde entonces, se ha incrementado drásticamente la brecha entre el número de profesores que se identifican como liberales o de izquierda y aquellos que se identifican como conservadores o de derecha:

En 1996 la proporción era de 2 profesores liberales/izquierdistas por cada profesor conservador/de derechas. Para el 2017, la más reciente encuesta del Higher Education Research Institute ya mostraba casi 6 profesores liberales/izquierdistas (59.8%) por cada profesor conservador/de derecha (12.1%).

Esos son los datos generales, pero particularmente en el ámbito de las Humanidades y en las universidades “Ivy League”, los profesores conservadores se han convertido en una especie casi mitológica. La falta de diversidad resultante, no sólo en las clases como tales, sino en la vida académica y en la convivencia universitaria, ha alimentado la radicalización del discurso izquierdista, absorbido con mucha mayor intensidad por aquellas personas -“los ricos”- que tienden a pasar más tiempo en la universidad.

No quiero hablar de lavado de cerebro, pero sí es claro que desde la universidad y los medios de comunicación se impulsa una narrativa claramente liberal y de izquierdas, que los alumnos luego la llevan consigo a las empresas, para tomar decisiones que cada vez más las descarrilan hacia el activismo de izquierdas.

Ricos, Biden
Las donaciones de los billonarios a favor de Joe Biden superaron en más del doble a las que emitieron en favor de Donald Trump. (Flickr)
Empresas “activistas”

Para muestra un botón: hace unos meses, James R. Bailey y Hillary Phillips publicaron un artículo de Harvard Business Review, donde detallan los resultados de un estudio que hicieron entrevistando a 168 directivos y alumnos de MBA, del cual podemos obtener varios insights interesantes:

  • El primero es que, en la muestra, los “liberales” (42%) superan ampliamente los “conservadores” (27%); y los “Demócratas” (34%) duplican a los “Republicanos” (16%). No estamos hablando de sociología, sino del ámbito empresarial, y aun ahí, la izquierda lleva ventaja.
  • El segundo qué es que dichos participantes tienen una reacción claramente negativa respecto de las empresas que reflejan valores conservadores: al responder la encuesta, mostraron un 25.9% menos de probabilidades de comprar los productos y 43.9% menos probabilidades de solicitar empleo en una compañía a la que percibían como conservadora.
  • El tercero es que, para esos mismos participantes, el activismo liberal es y cito: “normal business”, y una extensión natural de los modelos de negocio de las compañías.
La tormenta perfecta

La verdad incómoda es que el claro fracaso de la derecha en el ámbito cultural y su casi extinción en el plano académico tiene muy claras consecuencias electorales. Desde hace al menos 20 años, el ecosistema mediático y académico ha pintado una imagen de América y del mundo qué está alineada casi por completo a la cosmovisión de la izquierda, y este tiene la potencia suficiente para lograr que las personas estén dispuestas a apoyar un Gobierno qué les cobrará más impuestos y les incrementará las regulaciones, siempre y cuando ello les permita sentirse culto en las discusiones familiares del Día de Acción de Gracias o en las conversaciones de sobremesa académica.

Peor aún, para cada vez más personas supuestamente educadas, la ideología de izquierda se ha convertido en una segunda naturaleza, porque nunca han estado expuestos a la alternativa (sino, en todo caso, al hombre de paja “republicano” que profesores y comediantes humillan con impunidad). En muchos casos, no es que estén ciegos al apoyar a Biden, es que no saben, y el que no sabe es como el que no ve, hasta que se descarrilan.

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